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Transición energética: la importancia de la continuidad en un sector en transformación

En los últimos años, el debate energético se ha concentrado casi exclusivamente en la transición: descarbonización, energías limpias y nuevas tecnologías. El discurso es necesario y responde a compromisos climáticos y a una transformación estructural del sistema energético global. Sin embargo, la narrativa se vuelve incompleta cuando omite una verdad esencial: la seguridad energética de un país depende, hoy y en el mediano plazo, de la operación continua, segura y eficiente de la infraestructura existente


Por Estela Campuzano, Directora Legal y de Cumplimiento Regulatorio en Energia Regional

México no es la excepción. Mientras discutimos el futuro energético, el presente se sostiene sobre cadenas de producción, refinación, almacenamiento, transporte, distribución y comercialización que deben funcionar todos los días, sin interrupciones. La energía no es solo transición; es continuidad.

Hablar de continuidad implica reconocer que los hidrocarburos, los petrolíferos, el gas licuado de petróleo y el gas natural siguen siendo pilares del sistema productivo nacional. Sectores industriales, transporte, cadenas logísticas y millones de hogares dependen de un suministro estable. Como hemos visto recientemente, una falla en la infraestructura, una mala coordinación regulatoria o una decisión técnica mal calibrada puede traducirse en desabasto, volatilidad de precios o impactos económicos significativos.

La resiliencia energética no se construye únicamente con nuevas plantas renovables o anuncios de inversión. Se construye también con mantenimiento programado, preventivo, cumplimiento regulatorio, supervisión técnica, gestión de riesgos, planeación logística y claridad normativa. Es un trabajo menos visible, pero absolutamente crítico.

En el día a día del sector energético, gran parte de la estabilidad del sistema descansa en procesos que rara vez ocupan titulares: permisos que deben tramitarse, obligaciones que deben cumplirse en tiempo y forma, sistemas logísticos con estándares técnicos rigurosos, esquemas de transporte coordinados con eficiencia y autoridades que actúan con criterios técnicos consistentes. La energía es, en gran medida, operación confiable.

En este contexto, la conversación pública suele plantear una falsa dicotomía: transición o continuidad. Pero la realidad es más compleja. No existe transición viable sin un sistema que funcione en paralelo. Pretender acelerar el cambio ignorando la infraestructura actual no fortalece al sector; lo vulnera.

La continuidad energética no es resistencia al cambio. Es condición para que el cambio sea ordenado y planeado. Un sistema robusto permite incorporar escalonadamente nuevas tecnologías, diversificar la matriz energética y avanzar hacia esquemas más sostenibles sin comprometer el suministro. La estabilidad es la plataforma desde la cual se puede transformar.

La importancia de la continuidad en el suministro no es una abstracción teórica. México ha experimentado episodios que evidencian la fragilidad del sistema cuando alguno de sus componentes se interrumpe. El desabasto de gasolinas en enero de 2019 mostró cómo la disrupción logística puede generar afectaciones económicas y sociales inmediatas.

Algo similar ocurre con el gas natural. México importa aproximadamente el 70% del gas que consume, y más del 80% proviene de Estados Unidos. Durante la tormenta invernal de Texas en 2021, los precios spot se dispararon y los flujos hacia México se redujeron drásticamente, obligando a cortes en el suministro industrial y afectando la generación eléctrica. El evento evidenció que la seguridad energética mexicana está íntimamente vinculada a la infraestructura y condiciones climáticas de Texas.

En el caso del gas LP, que abastece a más del 70% de los hogares mexicanos, cualquier alteración en la logística de importación, almacenamiento o distribución tiene un impacto directo en millones de familias. La continuidad operativa en terminales, ductos, autotanques y plantas de distribución es un componente central de la estabilidad social.

Estos episodios confirman que la resiliencia energética no depende únicamente de la matriz energética, sino de la robustez de las cadenas logísticas y de la planeación estratégica del suministro.

Hablar de resiliencia energética también implica hablar de responsabilidad institucional. La coordinación entre autoridades y permisionarios, la claridad en las reglas del juego y la certeza jurídica son elementos indispensables para sostener inversiones y garantizar el suministro.

La transición energética es, sin duda, una prioridad global. Pero no debe convertirse en una narrativa que invisibilice el valor de la infraestructura actual. El verdadero desafío no es elegir entre pasado y futuro, sino integrar ambos de manera planificada.

En un sector que mira cada vez más hacia el mañana, conviene recordar que la energía se sostiene primero en lo que funciona hoy. Sin estabilidad no hay transición; sin operación eficiente no hay seguridad energética.

La conversación energética debe ampliarse. Debe incluir innovación, sostenibilidad y nuevas tecnologías, pero también experiencia técnica, disciplina operativa y compromiso institucional. Solo así podremos construir un sistema que no solo aspire a transformarse, sino que sea capaz de hacerlo sin poner en riesgo el suministro que mantiene en movimiento a nuestro país.

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