El uso de la estructura energética existente en la UE dará un impulso al desarrollo de fuentes de energía renovables

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*Por Pepa Mosquera, codirectora de Energías Renovables, en colaboración con el Instituto IRTTEK

Las energías renovables más desarrolladas, caso de la eólica y la solar fotovoltaica, sobre todo, han alcanzado un notable desarrollo en Europa y España. En España, en concreto, antes de la pandemia llevaban dos años de tendencia alcista, favorecida por el nuevo marco normativo impulsado por el gobierno de Pedro Sánchez.

En el caso de las grandes instalaciones, la pandemia del coronavirus ha ralentizado o retrasado el ritmo de implantación de algunas plantas, debido, fundamentalmente, a la falta de material procedente de países como China. No obstante, tanto el sector solar como el eólico creen que es algo transitorio y el ritmo de instalación volverá a la normalidad en breve. Pero las instalaciones solares más pequeñas, sobre todo las destinadas a autoconsumo, si se han visto afectadas. Fundamentalmente, por el temor de particulares y pymes a dar el paso de hacerlas en estos momentos de incertidumbre económica.

La Unión Europea ha trazado una hoja de ruta para ser cero emisiones en el año 2050, y muchos países están dando pasos importantes en esa dirección. Otros, sin embargo, van bastante retrasados y sus respectivos planes nacionales de clima y energía son poco ambiciosos. Generar toda la energía demandada con renovables, no solo la electricidad, sino también el calor es un reto enorme. Si nos centramos en la electricidad, creo que avanzamos en la buena dirección, pero si nos fijamos en el transporte (no solo vehículos, sino camiones, trenes, barcos) y la climatización, creo que hay que hacer muchísimo más.

Las renovables, unidas al almacenamiento y en muchos casos hibridadas entre ellas, podrían generar perfectamente la energía que demandemos en un tiempo razonable. Hay varios informes que así lo indican. Pero para eso, como digo, no solo tenemos que avanzar en la electrificación. Hay que seguir apoyando el desarrollo de las tecnologías de almacenamiento para que resulten cada vez más competitivas, hay que apoyar el autoconsumo, el desarrollo de las redes de generación distribuida y de las comunidades energéticas locales, hay que aprovechar la solar térmica para aportar el calor que necesitan las industrias, hay que tomarse en serio la rehabilitación de los edificios como demandan las directivas europeas, hay que lograr generar hidrógeno verde a precios competitivos.

Y, desde luego, hay que hacer un enorme esfuerzo para ser cada vez más eficientes en la generación y uso de la energía. Eficiencia energética, renovables y almacenamiento. En mi opinión, esas son las patas claves del nuevo modelo energético.

En Europa sería tonto no aprovechar lo que se pueda de esas infraestructuras existentes para que circulen por las redes electrones verdes o por las tuberías gases generados con bioenergía y no con un combustible fósil. Pero estas grandes infraestructuras pueden convivir en perfecta armonía con el autoconsumo, con la generación distribuida, con las redes de calor…. Así que no hace falta que llenemos todo nuestro suelo de paneles fotovoltaicos ni que todas las montañas alojen aerogeneradores.

Además, la energía solar, por ejemplo, se puede instalar en los tejados de las fábricas de los polígonos industriales, que son espacios ya degradados. O a lo largo de autovías. En fin, hay muchas posibilidades. Y, por supuesto, no hace falta repetir el viejo modelo de electrificación en continentes como el africano. Las comunidades energéticas son una solución mucho más eficiente y barata.

Los líderes europeos en la energía renovable son Dinamarca, Finlandia, España, Portugal, Reino Unido. Estos y otros países son un buen referente de países que están convirtiendo las renovables en prioridad. Por el contrario, hay otras economías en las que el carbón sigue teniendo un enorme peso, y no solo en Polonia, el país que se pone siempre como ejemplo. Bélgica, Bulgaria, Chequia, Rumania, incluso Alemania son países que siguen aferrados al carbón y al gas fósil.

Para que el cambio se produzca creo que no solo es fundamental contar con el apoyo europeo y una política social y laboral adecuadas en estos países, que facilite la transición en las zonas y a los trabajadores mineros. Hace falta también voluntad política y líderes que antepongan el bienestar de los ciudadanos al de los lobbys.

Si nos fijamos en los informes de la Agencia Internacional de la Energía, todavía quedan muchos años por delante para llegar hasta la “descarbonización” completa del sector energético mundial y europeo. Años en los que el carbón seguirá perdiendo peso y en los que el petróleo terminará alcanzando su pico, para empezar después un descenso continuado. Aun así, la demanda de carbón, sobre todo en países asiáticos, seguirá siendo elevada hasta 2040 según la IEA. Y la de gas natural va a aumentar de manera considerable.

Es cierto que la energía solar ya es la tecnología que más se instala en todo el mundo, que la eólica no para también de crecer y que otras renovables son cada vez más competitivas. Pero para lograr en 2050 la descarbonización y cumplir con el Acuerdo de París hacen falta medidas mucho más enérgicas. Si nos fijamos de nuevo en los informes de la IEA, lograr una reducción del 40% de las emisiones para 2030 requiere, por ejemplo, que las fuentes de bajas emisiones proporcionen casi el 75% de la generación de electricidad mundial (menos del 40% en 2019) y que más del 50% de los automóviles vendidos en todo el mundo en 2030 sean eléctricos, (2.5% en 2019).