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Innovación para una transición energética justa y sostenible


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Por Juan Arellanes,
Académico de la Facultad de Estudios Globales y coordinador del Centro Interdisciplinario Anáhuac de Energía y Sostenibilidad de la Universidad Anáhuac México

Habitualmente, cuando se habla de innovación, se piensa en innovación tecnológica. Sin duda, las innovaciones tecnológicas son esenciales. Pero el desafío de la transición energética requiere mucho más que tecnología.

La innovación energética se refiere al desarrollo y aplicación de nuevas tecnologías, procesos y modelos de negocio en el sector energético, así como la creación de nuevas formas de distribución y comercialización de energía, como la generación distribuida y las redes inteligentes.

Además, la introducción de políticas, estrategias y hábitos energéticos de vanguardia, con el objetivo de mejorar la eficiencia energética, la adopción de tecnologías y prácticas de consumo sostenibles, la reducción del consumo de combustibles fósiles y la mitigación del cambio climático.

La innovación energética puede ocurrir —y está ocurriendo— en todas las etapas del proceso: generación/producción, refinación/transformación, distribución y consumo de energía, en todos los sectores y en todos los actores.

Se está creando una red de múltiples capas que reúne diferentes tipos de actores (gobiernos, instituciones, empresas, fondos de inversión, ciudadanos organizados, comunidades de prosumidores) en diferentes escalas (local, regional, nacional y global). Esta red es una gran oportunidad de cooperación para que la humanidad avance junta al enfrentar dos de los más grandes desafíos de su historia:

  1. reducir de forma muy importante el consumo de combustibles fósiles para combatir el cambio climático; y
  2. construir una opción energética sostenible, asequible y justa que proporcione seguridad energética, al tiempo que garantiza la calidad de vida de todas las personas.

El desafío es enorme. Alcanzar ambos objetivos no será sencillo, tanto por nuestra elevada dependencia hacia los combustibles fósiles, como por las diversas limitaciones físicas y los múltiples problemas de escalabilidad de todas las opciones energéticas distintas a los combustibles fósiles.

En un mundo ideal, todos deberíamos cooperar para alcanzar estos objetivos. En el mundo real, hay diferencias de opinión, perspectivas encontradas, diferendos, controversias, competencia por mercados, conflictos y hasta guerras por la energía.

Durante las próximas décadas, la humanidad experimentará una transformación extraordinaria, de forma voluntaria o involuntaria. Hacia 2050 podemos estar en uno de dos escenarios:

  1. vivir en un planeta con ecosistemas colapsados por puntos de inflexión (tipping points) climáticos que se salieron de control y con sociedades colapsadas por suministros energéticos insuficientes e inadecuados.
  2. O bien, vivir en un planeta que se adaptó con resiliencia al cambio climático, en sociedades que redujeron notablemente sus emisiones de GEI, no sufrieron disrupciones violentas por falta de petróleo, carbón o gas porque aprendieron a utilizar sabiamente y con moderación los combustibles fósiles, y fueron capaces de construir opciones energéticas justas, seguras, asequibles y sostenibles.

La innovación energética será, sin duda, una de las herramientas clave para que en 2050 la humanidad haya alcanzado el escenario dos en lugar del escenario uno. La innovación energética ya está en curso. Los científicos e investigadores, en todos los continentes, exploran posibilidades de innovación tecnológica, organizativa, financiera, política y social.

Las innovaciones tecnológicas no están limitadas a las grandes corporaciones ni a los grandes laboratorios de las universidades de mayor prestigio. De hecho, muchas compañías pequeñas y muchas universidades organizadas en redes cooperativas de investigación están generando innovaciones fundamentales. Potencialmente, todos podemos ser partícipes de la innovación energética.

Pongamos un ejemplo extremo. William Kamkwamba, de Malawi, tenía 14 años cuando construyó un generador eólico utilizando árboles de eucalipto, piezas de bicicletas y materiales recolectados de la chatarra local y guiándose por un libro sobre energía de la biblioteca local. Más allá del “romanticismo” de esta historia que ha sido llevada al cine, es una clara muestra de que la innovación florece en condiciones adversas y de escasez de recursos.

Está muy bien que Tesla y el MIT generen innovaciones sorprendentes y de vanguardia, pero el mayor desafío de la transición energética no es cómo dar continuidad a la exploración espacial ni cómo alimentar un campus universitario en Massachussets con energía renovable. El mayor desafío está en cómo sacar a millones de personas de la pobreza energética.

Según un informe reciente de “Médicos del Mundo”, 759 millones de personas no tienen acceso a la electricidad. Además, los pronósticos de demanda de minerales para la transición energética son poco alentadores: la minería —que opera predominantemente con combustibles fósiles— puede provocar un enorme daño ambiental para abastecer de litio, cobre, cobalto, neodimio, disprosio, hierro, carbón, silicio, calcio, arcilla y yeso que se requerirán para construir millones de turbinas eólicas, paneles solares, baterías y autos eléctricos.

Las innovaciones tecnológicas deben ser de bajo consumo energético y una demanda moderada de materiales. El mundo requiere muchos Kamkwamba. Más allá de la tecnología, se requiere innovación jurídica, financiera, fiscal, organizativa, política, administrativa y de cooperación internacional para incrementar la eficiencia y reducir el consumo de combustibles fósiles sin reducir la calidad de vida de las personas.

Las ciudades deben convertirse en laboratorios que innoven en uso sostenible de la electricidad, movilidad, iluminación, abastecimiento y producción de alimentos, gestión del agua, áreas verdes y gestión inteligente del espacio público, áreas en las que hay una inmensa oportunidad para reducir el consumo energético. Para ello, la democracia y la participación ciudadana serán fundamentales.

El Centro Interdisciplinario Anáhuac de Energía y Sostenibilidad, una iniciativa interdisciplinaria de la Universidad Anáhuac México que coordina la docencia, investigación y consultoría de temas energéticos de seis facultades, un instituto de investigación y un Centro de Liderazgo, se encarga de organizar, anualmente, un Foro de Energía. El V Foro de Energía Anáhuac (24, 25 y 26 de octubre) estará dedicado a la “Innovación para una transición energética justa y sostenible”.

Contaremos con paneles de grandes especialistas, quienes discutirán temas como demanda de energía de mediano y largo plazo para el desarrollo en México; cooperación internacional y nearshoring; eficiencia energética como práctica de sostenibilidad; innovación financiera para la transición energética; gasto energético, consumo eficiente y planeación urbana; regulación como incentivo para la innovación energética, e innovación en la cadena de valor de la movilidad eléctrica.

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