Durante los últimos dos años hemos hablado de inteligencia artificial como una revolución tecnológica. Quizá ha llegado el momento de empezar a hablar de ella también como una revolución energética.
Cada consulta, cada modelo entrenado y cada servicio alojado en la nube ocurre en algún lugar físico. Detrás de lo que percibimos como una tecnología casi intangible existen centros de datos que operan las 24 horas, servidores de alta capacidad, sistemas de enfriamiento, equipos de respaldo y una infraestructura eléctrica que no puede darse el lujo de fallar. La inteligencia artificial vive en la nube, pero la nube necesita electricidad. Y mucha.
La Agencia Internacional de Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, aproximadamente 1.5% del consumo eléctrico mundial. Para 2030, esa demanda podría superar los 945 TWh, más del doble en apenas seis años y ligeramente por encima del consumo eléctrico anual actual de Japón, donde la IA será el principal motor de ese crecimiento.
La dimensión del cambio se entiende mejor cuando bajamos de los grandes números a una instalación individual. Un centro de datos tradicional puede requerir entre 10 y 25 MW, mientras que un centro de datos de inteligencia artificial a hiperescala puede superar los 100 MW. Estamos hablando de instalaciones individuales con demandas comparables a las de grandes complejos industriales.
Esto plantea una pregunta que debería ocupar no solamente a las empresas tecnológicas, sino también a quienes participamos en generación, transmisión, distribución e infraestructura energética: ¿puede la infraestructura eléctrica crecer al mismo ritmo que la inteligencia artificial?
México ante una oportunidad energética
Para México, esta pregunta es particularmente relevante. Nuestra ubicación geográfica, la integración económica con Norteamérica, nuestra infraestructura de telecomunicaciones y el crecimiento de la economía digital nos colocan en una posición atractiva para recibir nuevas inversiones, y los números comienzan a mostrar la magnitud de la oportunidad.
De acuerdo con la Asociación Mexicana de Data Centers (MEXDC), la inversión destinada a construcción y equipamiento de centros de datos podría alcanzar 82,500 millones de dólares entre 2026 y 2031, mientras que el país cuenta con aproximadamente 279 MW de capacidad instalada en centros de datos y otros 205 MW se encuentran en construcción.
Querétaro es quizá el ejemplo más visible. Durante 2026 se ha seguido desarrollando infraestructura eléctrica específicamente para atender nuevas cargas industriales y tecnológicas. La CFE informó en abril la incorporación de infraestructura para suministrar 91 MW a usuarios de alta tensión de la zona, incluyendo centros de datos y empresas tecnológicas. Es una señal positiva, pero también una muestra de la escala del desafío que viene.
Porque atraer una inversión ya no depende únicamente de tener tierra, talento, conectividad, incentivos o cercanía con los mercados. Cada vez dependerá más de que haya energía disponible donde y cuando se necesita.
Aquí considero que debemos cambiar parte de la conversación. Cuando hablamos de satisfacer nueva demanda eléctrica, la primera reacción suele ser pensar en aumentar generación. Eso es indispensable, pero no suficiente.
Un centro de datos no necesita solamente energía. Necesita energía confiable, continua, de calidad y con capacidad de respuesta prácticamente permanente. Por eso, el desafío de la IA obliga a pensar simultáneamente en generación, transmisión, almacenamiento, respaldo, gestión de demanda y eficiencia.
La propia Agencia Internacional de Energía ha advertido que, si no se resuelven los cuellos de botella de infraestructura, alrededor de 20% de los proyectos de centros de datos planeados a nivel mundial podrían enfrentar retrasos. Y aquí aparece una paradoja interesante, porque podemos construir capacidad computacional en periodos relativamente cortos, instalar miles de servidores y acelerar el desarrollo tecnológico a una velocidad extraordinaria, pero construir infraestructura energética responde a tiempos muy distintos. Esa diferencia de velocidades puede convertirse en uno de los grandes desafíos de esta década.
También debemos evitar una falsa discusión: buscar una única fuente de energía capaz de responder por sí sola al crecimiento de la IA. La escala y las características de esta nueva demanda requieren soluciones complementarias.
La generación renovable seguirá creciendo y tendrá un papel fundamental. El almacenamiento permitirá administrar mejor la variabilidad y responder en momentos críticos; las fuentes de generación firme continuarán siendo necesarias para garantizar continuidad; las redes deberán fortalecerse y digitalizarse, y la generación cercana a los centros de consumo puede convertirse en una herramienta cada vez más relevante para determinadas operaciones.
La eficiencia también debe formar parte de la ecuación. El megawatt más rápido de incorporar no siempre será el que construimos, es el que logramos liberar utilizando mejor la infraestructuraexistente. Para las empresas, esto significa que la estrategia energética tendrá que empezar mucho antes de inaugurar una nueva planta, ampliar una línea de producción o construir un centro de datos. La disponibilidad de energía debe evaluarse desde la etapa inicial de una inversión, al mismo nivel que ubicación, logística, talento o conectividad.
Hay además una oportunidad que me parece especialmente interesante en los grandes consumidores, que no necesariamente deben ser vistos únicamente como una presión adicional para el sistema eléctrico. Con tecnología, almacenamiento, generación local y sistemas inteligentes de gestión, también pueden convertirse en participantes más flexibles.
La misma inteligencia artificial que incrementa la demanda puede ayudarnos a pronosticarla mejor, optimizar activos, detectar fallas, administrar cargas y utilizar con mayor eficiencia la infraestructura energética. México tiene una oportunidad importante frente a esta transformación. Pero aprovecharla requerirá entender que la competencia por atraer la economía digital también será, inevitablemente, una competencia por ofrecer infraestructura energética.
Durante años pensamos que la transformación digital ocurría principalmente en servidores, software y redes de telecomunicaciones. Hoy estamos descubriendo algo distinto: el próximo gran salto tecnológico también se construirá con subestaciones, líneas de transmisión, sistemas de almacenamiento, generación y capacidad de respaldo.
La inteligencia artificial puede parecer virtual, pero la energía que necesita es absolutamente real. Y quizá una de las preguntas económicas más importantes de los próximos años no será solamente quién desarrollará la mejor inteligencia artificial, sino quién tendrá la infraestructura energética capaz de hacerla funcionar.






