Por: Amos Olvera Palomino es analista en relaciones internacionales y colaborador en Excélsior.com.mx. Es columnista del blog Desafíos del Orden Mundial y ha sido editor del periódico mensual El Observador Sur-Oriente en la Ciudad de México. Además, ha colaborado como analista de asuntos internacionales en El Universal Online y El Financiero en Línea. Cuenta con un Diplomado Universitario en Política Internacional por la Universidad Iberoamericana.
Entre la Unipolaridad y el Pragmatismo
El movimiento Trumpista, representado emblemáticamente por su eslogan «Make America Great Again» (MAGA), es un reflejo de una redefinición de la situación interna y externa de Estados Unidos. Sus raíces se remontan a la crisis financiera de 2008, que sacudió al sistema financiero occidental y evidenció las fisuras del modelo neoliberal-globalista, el cual hasta entonces parecía intocable. Este colapso desencadenó el declive acelerado de la hegemonía estadounidense, con costos colosales para mantener su viabilidad. A partir de allí, comenzaron a gestarse luchas internas entre las élites de Occidente, confrontaciones que permeaban la sociedad estadounidense y desembocaron en el triunfo de Donald Trump.
El mensaje de MAGA resuena con fuerza en este contexto: Estados Unidos, para prevalecer en el nuevo panorama mundial emergente, debe priorizar la seguridad y el control de sus espacios inmediatos, enfocándose en sus intereses vitales. Reconstituir el país y garantizar la disponibilidad de recursos, evitando el desperdicio en conflictos y regiones que, en lugar de fortalecer, debilitan y desgastan al país, es lo esencial.
Para entender el trasfondo de estos cambios, es necesario remontarse más de tres décadas. A finales del siglo XX, se extendió la creencia de que el colapso de la Unión Soviética marcaría el fin de la historia, tal como lo predijo Francis Fukuyama en 1989. Según su visión, el triunfo del liberalismo-capitalismo tras la caída del bloque socialista cerraría la discusión ideológica de los dos siglos previos. Este optimismo fue celebrado por figuras como George W. Bush, quien en 1990 proclamó el inicio de un “nuevo orden mundial”, alineado con la tesis de Fukuyama.
Sin embargo, ese orden unipolar liderado por Estados Unidos nunca se consolidó de manera estable. Aunque a principios del siglo XXI se visualizaba un futuro de paz y prosperidad global, nuevas crisis y desafíos emergieron. La caída del bloque socialista no significó la victoria absoluta del capitalismo, sino que evidenció las grietas estructurales del sistema mundial. La globalización, lejos de ser la panacea, reveló sus sombras: creciente desigualdad, vulnerabilidad económica, y tensiones geopolíticas que afectaban incluso a las potencias emergentes.
El denominado “orden basado en reglas” – una premisa central durante la administración de George W. Bush y que Joe Biden describió como el “fundamento de la paz y la prosperidad global” – ha perdido su legitimidad con el tiempo. Tal como afirman los académicos Michela Arricale y Fabio Marcelli, esta concepción “se reduce a una mera declaración de principios sin referencia alguna a ninguno de los instrumentos ordinarios de legalidad internacional”. En la práctica, ha sido utilizada como justificación por parte de las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, para defender sus propios intereses geopolíticos y económicos, preservando la unipolaridad, pero sin un compromiso genuino con la justicia y la equidad globales, lo que impide garantizar los equilibrios del sistema-mundo a largo plazo.
A nivel económico, el consenso de Washington, reflejado en declaraciones como la de Barack Obama en 2015 -cuando afirmó que “tenemos que asegurarnos de que Estados Unidos escriba las reglas de la economía global”- subrayaba el deseo de seguir consolidando el liderazgo occidental bajo este esquema. Sin embargo, sociólogos y analistas ya advertían que este modelo llevaría a un deterioro estructural del sistema mundial.
La historia corrigió estas previsiones optimistas. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión que alteró las relaciones internacionales, desmantelando la idea de una “pax americana”. En lugar de la estabilidad prometida, el mundo se vio envuelto en nuevos conflictos, desde las intervenciones en el Medio Oriente hasta el ascenso de nuevas potencias económicas que desafiaban el dominio occidental.
Hoy, las interacciones entre las grandes potencias no pueden explicarse únicamente a través de una óptica ideológica. El pragmatismo, más que las doctrinas del pasado, parece ser la clave para comprender los movimientos geopolíticos actuales. Los excedentes de poder y capital acumulados durante la Guerra Fría se han agotado rápidamente, y el mundo se enfrenta a un panorama de creciente multipolaridad.
En este contexto, el desmantelamiento de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) representa un cambio histórico y estratégico en el papel global de Estados Unidos. Este acto refleja el reconocimiento de que, aunque el país sigue siendo una superpotencia, ya no puede considerarse la nación «indispensable». El mensaje de MAGA es claro: Estados Unidos debe concentrar sus recursos en sus intereses nacionales fundamentales y redefinir sus relaciones internacionales en función del beneficio real que pueda obtener de sus socios, aliados y vasallos.
El colapso del supuesto “orden mundial basado en reglas”, que en su momento se creyó invulnerable, es ahora evidente. Los desafíos estructurales del sistema global y las crisis persistentes demuestran que el futuro será mucho menos predecible de lo que se imaginaba hace apenas unas décadas. La historia sigue escribiéndose, y lo que parecía el fin de una era ha dado paso a la debacle del orden unipolar. Sin embargo, este podría ser solo el comienzo de otra era, más incierta y tal vez más diversa.
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