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Refinación: el eslabón que sí se rompió

La crisis de Ormuz confirmó que el cuello de botella del sistema energético ya no está en el pozo, sino en la refinación

Marcos Avalos Director de Proyectos Estratégicos, Tuvansa


Durante más de cinco meses, el mercado mundial perdió más de diez millones de barriles diarios —arriba del 10 % del suministro global— por el cierre del estrecho de Ormuz. Bajo cualquier manual escrito antes de esta década, esa cifra equivalía a recesión. No ocurrió. El crudo marcó máximos históricos en marzo y hoy cotiza cerca de los 88 dólares por barril, apenas por encima del nivel previo a la escalada. El sistema absorbió el golpe. Lo que no absorbió fue el segundo tramo de la cadena.

Resiliencia y nuevas estrategias ante la crisis energética global.

El esquema anterior ordena el episodio en cuatro planos que conviene leer en secuencia y no por separado. El primero explica por qué el mercado de crudo resistió: condiciones iniciales de sobreoferta, inventarios altos y un comportamiento inesperado de la demanda asiática. El segundo localiza el daño real, que se concentró en los productos refinados. El tercero muestra hasta dónde llegó la sustitución entre energéticos, mucho más viable en la industria que en el transporte. Y el cuarto anticipa el efecto duradero: una reasignación de capital hacia generación doméstica, infraestructura de desvío y diversificación de rutas. Los cuatro planos describen un mismo hallazgo: el sistema no aguantó por tener más petróleo, sino por tener más alternativas.

Por qué el crudo aguantó

El shock encontró un mercado técnicamente sobreofertado y con inventarios en niveles altos, lo que dio un colchón inicial. A ello se sumó la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas coordinada por la AIE. China, por su parte, recortó sus importaciones de crudo casi una tercera parte respecto del trimestre previo, hasta 8.1 millones de barriles diarios en el segundo trimestre; en mayo y junio cayeron por debajo de 8 millones por primera vez desde 2016, y solo en junio el descenso interanual fue de 41 %. Pekín pudo hacerlo apoyándose en reservas comerciales y estratégicas acumuladas cuando el crudo estaba barato, y esa retirada de demanda liberó barriles que otros compradores, señaladamente India, absorbieron. Finalmente, la comunicación deliberadamente impredecible de Washington, con amenazas de escalada seguidas de acuerdos anunciados antes de la apertura de los mercados, encareció el riesgo para el capital especulativo que normalmente amplifica estos episodios.

Detrás de todo eso opera un cambio estructural más profundo: la economía global es hoy mucho menos intensiva en petróleo. Un modelo de la Reserva Federal de Dallas estima que una interrupción del 15 % del suministro global reduce el crecimiento del resto del mundo en 1.7 puntos porcentuales, frente a cerca de 6 puntos que habría costado el mismo episodio en 1980. La eficiencia y la transición energética actuaron como amortiguadores reales, no como aspiración de política pública.

La crisis verdadera está en la refinación

El daño se concentró en gasolina, diésel y turbosina. Los márgenes de refinación alcanzaron niveles récord, cercanos a 70 dólares por barril, con aproximadamente 10 % de la capacidad global fuera de servicio por ataques a refinerías rusas y cierres en Medio Oriente. La diferencia con el crudo es de naturaleza física: un flujo marítimo se restablece cuando cesan las hostilidades, pero una unidad de destilación dañada exige meses de reparación y equipo especializado. Ese es el motivo por el cual los precios al consumidor seguirán altos incluso si Ormuz se normaliza.

Sustitución: mucha en la industria, poca en el transporte

La sustitución fue marginal en movilidad, pero relevante en el sector industrial, donde varias plantas desplazaron nafta por gas natural. El sector petroquímico, que representa entre 10 y 12 % de la demanda global, mostró la mayor flexibilidad de insumos. En Estados Unidos el gas se mantuvo por debajo de 3 dólares por MBTU gracias a un mercado bien abastecido y a una generación solar creciente —señaladamente en Texas— que redujo la necesidad de quemar gas para electricidad.

Lo que deja para la inversión

Tres señales quedan en el tablero. La primera: los oleoductos de desvío que evitan Ormuz dejaron de ser un activo redundante y se comportaron como póliza de seguro; lo mismo ocurrió con la diversificación de los mercados de GNL. La segunda: las renovables domésticas se aceleran por argumentos de seguridad energética, no de política climática. La tercera, incómoda: el retiro de plantas de carbón se pospone, sobre todo en Asia. La crisis empuja y frena la descarbonización al mismo tiempo.

La lección de fondo es de diseño. La resiliencia no provino de disponer de más crudo, sino de disponer de más opciones: rutas alternas, insumos intercambiables, generación distribuida. La redundancia dejó de ser un costo que se justifica y pasó a ser el activo que se defiende.

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