Por Manuel Rodríguez González, expresidente de la Comisión de Energía en la Cámara de Diputados – H. Congreso de la Unión
La arquitectura energética global está experimentando una metamorfosis radical. A diferencia de la crisis petrolera de 1973 —cuando la OPEP puso en jaque a la economía estadounidense mediante un embargo de crudo por su postura en el conflicto israelí-árabe—, el escenario actual es diametralmente opuesto. Ante la inestabilidad en Medio Oriente recrudecida desde el pasado 28 de febrero, Estados Unidos ya no es un actor vulnerable y dependiente de los hidrocarburos de la OPEP; por el contrario, se ha consolidado como el mayor productor mundial.
Esta transformación no es fortuita. De acuerdo con análisis de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), Estados Unidos ha dado un paso estratégico previo para blindarse ante la mayor interrupción de suministro en la historia del mercado petrolero. Este diseño implica un rediseño del flujo energético global a través de la intervención política en Venezuela, permitiendo diversificar el suministro con recursos de latitudes cercanas y ajenas a las tensiones bélicas históricas de Oriente Medio. Es así como Washington ha retomado influencia en una de las regiones con las mayores reservas petroleras del mundo.
Tras casi una década de sanciones a la industria venezolana, el gobierno estadounidense ha emitido licencias estratégicas para que gigantes como Chevron, bp, Eni, repsol y Shell reinicien la explotación de gas y crudo en la nación sudamericana. Es imperativo señalar que estas licencias operan bajo un esquema riguroso: los pagos por regalías e impuestos venezolanos deben depositarse en un fondo controlado por Estados Unidos. Este andamiaje se complementa con una nueva ley petrolera venezolana que otorga facilidades inéditas a las empresas extranjeras, permitiendo que, incluso en medio del conflicto armado en Medio Oriente, Venezuela haya reiniciado exportaciones, incluyendo envíos al mercado asiático.
Sin embargo, este nuevo entramado energético no está exento de riesgos, dificultades y tropiezos. La magnitud de las variables geopolíticas en juego supera por mucho la cuestión estrictamente técnica o energética.
En el ámbito operativo, diversos elementos ilustran la complejidad y el desenlace incierto de esta que es ya la segunda gran crisis energética del siglo XXI:
- Estrangulamiento logístico: El conflicto en Medio Oriente no solo ha comprometido el flujo de 20 millones de barriles diarios por el Estrecho de Ormuz; también ha limitado las rutas alternas.
- Saturación de depósitos: Según la IEA, el almacenamiento al límite ha obligado a los países del Golfo a reducir su producción en aproximadamente 10 millones de barriles diarios.
- Ataques a infraestructura: Las agresiones recientes no solo interrumpen la producción y exportación, sino que han retirado del mercado global una capacidad de refinación de 4 millones de barriles diarios debido al cierre de refinerías e instalaciones de procesamiento de gas natural.
La duración e intensidad del conflicto actual determinarán la magnitud del déficit de suministro, pero una cosa es clara: el rediseño energético global está en marcha y sus epicentros se han desplazado de forma irreversible.






