Los funcionarios iraníes han mostrado resistencia a dialogar sobre la reapertura del estrecho de Ormuz, en medio de la presión derivada de los ataques de Estados Unidos e Israel. La situación mantiene paralizado uno de los puntos de tránsito más relevantes para el comercio mundial de petróleo y gas natural licuado, lo que ha generado preocupación internacional.
La escalada incluye ataques a infraestructuras energéticas y el asesinato del jefe de seguridad Ali Larijani, hechos que han ralentizado los intentos de reactivar la circulación de buques comerciales. El precio del crudo Brent superó los 110 dólares por barril, mientras que los futuros del petróleo estadounidense rebasaron los 98 dólares, reflejando el impacto inmediato en los mercados.
En Europa, líderes como el canciller alemán Friedrich Merz advirtieron que la crisis energética amenaza con frenar los esfuerzos de defensa y la transición hacia nuevas fuentes de energía. El Banco Central Europeo estimó que una interrupción prolongada podría elevar la inflación de la eurozona al 6.3% y provocar una recesión breve, lo que subraya la magnitud del riesgo económico.
La guerra, que ya ha causado más de 4,200 muertes en la región, también ha puesto en duda la capacidad de la Unión Europea para reducir su dependencia del gas ruso. Con Qatar temporalmente fuera de la lista de proveedores confiables y una posible guerra de ofertas con Asia por el suministro de GNL, el escenario plantea riesgos de inflación sostenida y mayor vulnerabilidad energética.
Además, los ataques contra instalaciones como South Pars y Ras Laffan han debilitado la confianza en la seguridad de la infraestructura energética regional. Para Europa, esto significa que la estrategia de sustituir el gas ruso con suministros de Medio Oriente y Estados Unidos podría retrasarse, lo que representa un beneficio indirecto para Vladimir Putin, quien se favorece del aumento en los precios del petróleo para financiar la guerra en Ucrania.






