Por HORACIO MONTOYA KEY, abogado y académico de la Universidad Anáhuac México
Si bien es cierto que nada ni nadie obliga a las personas a profundizar en el conocimiento y entendimiento de la energía, me parece que su complejidad, por definición, no debiera ser algo que reserve lo energético a un segmento “especializado” de profesionales, ya que es evidente que la energía ocupa un lugar central en casi todas las actividades humanas, desde la producción de los bienes y servicios que requerimos, hasta las actividades que realizamos en nuestra vida cotidiana, pasando incluso por la forma en que incide en el desarrollo económico y social de los países.
En este orden de ideas, en esta reflexión quiero hacer énfasis en la importancia de la “Educación Energética” como un proceso que debiera consolidarse para formar personas conscientes, responsables y capaces de tomar decisiones informadas sobre el consumo y la producción de energía, especialmente en un contexto de cambio social, ambiental, geopolítico, económico y tecnológico como el que estamos presenciando en este inicio del año 2026.
Para John E. Castro M., de la Universidad Francisco José de Caldas en Colombia, la Educación Energética es “…una posibilidad de enseñar a aprender sobre la situación energética actual y esto implica aprender desde conceptos básicos asociados con la energía, resolver problemas energéticos reales, construir artefactos tecnológicos para aprovechar de manera más eficiente las fuentes de energía, formar valores y actitudes para el buen uso de la energía, hasta construir una cultura energética…”.
De igual forma el propio Castro M., afirma que “…la Educación Energética busca que las personas comprendan el funcionamiento de los diversos sistemas y tecnologías energéticas; que puedan diseñar e implementar soluciones tecnológicas para aprovechar las diversas fuentes de energía, que valoren las consecuencias de las políticas energéticas…”.
Si bien es cierto que la amplitud del conocimiento que se adquiera mediante la Educación Energética dependerá de los objetivos de enseñanza, del nivel de estudios o del tipo de formación profesional de que se trate, estimo que al menos en el nivel universitario debe ser multidisciplinar para comprender, entre otros aspectos, la vertiente técnica de la energía, tanto en materia de hidrocarburos, electricidad y transición energética, así como los impactos sociales y ambientales que la utilización de las fuentes fósiles ha generado para la humanidad, la naturaleza y el planeta en su conjunto.
La Educación Energética también debe incluir la geopolítica de la energía que, especialmente en estos primeros meses del 2026, está tan presente en las decisiones de los líderes mundiales y que se ha traducido en conflictos en diversas regiones del planeta. En este punto deberían estudiarse conceptos tales como la seguridad y política energéticas, y analizarse el rol que México tiene como productor y consumidor de energía en el contexto nacional e internacional.
Es importante recordar que, en muchas sociedades, el desperdicio energético se ha normalizado debido a la falta de información y a patrones de consumo poco reflexivos. La educación energética permite visibilizar estas prácticas y ofrecer alternativas viables, fomentando hábitos de ahorro que benefician tanto al medio ambiente como a la economía familiar.
Por ello, diferentes especialistas en la materia consideran que entre los objetivos de la Educación Energética debe estar la creación de conciencia acerca del uso eficiente de la energía con acciones simples como evitar luces encendidas innecesariamente, el uso de electrodomésticos ineficientes, o bien disminuir el uso de medios de transporte ineficiente y contaminante que tienen un impacto significativo en la demanda energética y en el medio ambiente.
Con el conocimiento crítico de los impactos sociales y ambientales de la energía se incide en que las personas comprendan la relación directa entre sus hábitos cotidianos y problemas globales, tales como el cambio climático, la contaminación y el agotamiento de los recursos naturales. Así, la Educación Energética puede constituirse en un pilar para la construcción de un futuro sostenible y responsable.
Otro aspecto que debe comprender la Educación Energética es el que tiene que ver con los derechos humanos, especialmente aquellos que buscan asegurar para las personas un medio ambiente sano o bien el acceso a la energía. Incluso debiera considerar los derechos que la Carta Magna ha reconocido a las comunidades indígenas y afromexicanas, especialmente cuando los proyectos energéticos inciden en sus actividades, creencias y costumbres.
De igual manera se ha aceptado que la Educación Energética debe considerar la dimensión social y ética de la energía.
Hay que recordar que el acceso a la energía no es equitativo en el mundo; mientras que en algunas regiones las personas tienen mayor disponibilidad de recursos energéticos, en otras aún existen segmentos importantes de la población carentes de servicios como electricidad, refrigeración o calefacción. De esta forma la Educación Energética debe incluir la justicia social, la equidad y la responsabilidad social.
Lo anterior es particularmente importante en un contexto como el que actualmente tenemos en México, en el que el Plan Nacional de Desarrollo de la Presidenta Claudia Sheinbaum pone especial énfasis en el desarrollo sostenible y en la atención de la justicia y la pobreza energéticas.
Desafortunadamente, la Educación Energética enfrenta retos como la escasa inclusión del tema en los planes de estudio, la resistencia cultural al cambio de hábitos y, precisamente, la percepción de que el tema energético es algo complejo y “especializado” y que, por ello, debe quedar relegado a un grupo de especialistas capaces de comprenderlo. Para superar esos retos se requiere una visión a largo plazo que reconozca a la energía como un eje transversal del desarrollo.
De esta forma, a manera de conclusión, podemos afirmar que, mediante la Educación Energética, con las modulaciones que correspondan en función del nivel de estudios y otros aspectos, se puede formar a individuos críticos, informados y comprometidos con el uso responsable de la energía, para transformar la relación entre la sociedad y la naturaleza, mediante un modelo de desarrollo más justo, consciente y sostenible.






