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Nieve en Texas, Penumbra en México

Por Miriam Grunstein

Otra vez la nieve en Texas amenaza con dejar al Noreste mexicano sin gas natural; y, por lo mismo, sin energía eléctrica. Varias voces han insistido que, al borde de otra crisis energética, debida a un apretón en la oferta de este hidrocarburo, en los últimos años no se ha hecho nada para evitarla.

Si en Texas, de donde importamos principalmente este combustible, habrá carencias en la molécula y en el electrón, con más razón tendremos que sentirlas en México. Por extraño que suene, en México –ni por parte de Pemex, ni menos por los particulares—existe una obligación de suministro de gas. Esto es, si por alguna razón escasea esta vital y ahora polémica molécula, sus usuarios simplemente se quedarán sin ella.

Y a temperaturas que calan los huesos, penosamente podremos recurrir a la energía eólica o solar para animar el electrón. Hay imágenes desoladoras de aerogeneradores con las aspas congeladas que invocan la vulnerabilidad subyacente en todo sistema energético. Una falla en éste nos recuerda que, si la vida de por sí es frágil, ésta sin energía lo es mucho más. Pregúntenles a aquéllos que no la tienen para nada. Acérquense al fogón, escuchen y de paso acéptenles una tortillita de comal con sal mientras les cuentan cómo es vivir sin energía.

Porque a ellos no les pega, ni se enteran de que hubo una alerta de emergencia por parte del CENACE en la que advirtió que éste llevaría a cabo las “acciones operativas conducentes” para sobrellevar la contingencia climática que se gestó desde el 12 de enero a partir de las 22:00 horas. A su vez, mediante un oficio urgente, la CFE instó que se consideraran “combustibles alternativos” para sobrellevar la acechante penumbra. ¿Cómo cuáles, me pregunto sin malicia?  Porque así como no es posible ponerle pulque al tanque de la gasolina cuando ésta escasea y sube, tampoco es factible cambiar de combustible a otro en una central de generación si no cuenta con la tecnología que lo permita.

La canasta energética se debe diversificar mucho antes de que las emergencias ocurran, no cuando ya están en puerta. Y, lamentablemente, todas las fuentes son en menor o mayor grado susceptibles a las veleidades climáticas. Hoy tirita Texas a pesar de que tiene una canasta bien surtida: casi medio llena de gas natural, un cuartito de energía eólica, 16.6 de carbón y un poquito menos del 10 por ciento de nuclear. Lo que queda se colma con biomasa y solar. La patita texana va al mercado para que sus hijos no se alimenten de mosquitos. Y aún así, cuando las nubes cubren la tierra, parece que no hay providencia que baste –mucho menos que sobre– para mandar energéticos a los mexicanos no previsores.

El escenario en que vivimos es muy apremiante. El sexenio de Peña inició con una euforia hacia el gas de lutitas pero no se hizo nada. Casi nadie recuerda, pero el motivo de la reforma de 2013 fue la emulación de la llamada “revolución” del gas shale para lograr una reducción en las tarifas eléctricas. Sin embargo, extrañamente, no hubo una sola licitación para su exploración y extracción.

Al hacer números, era mejor su importación desde Estados Unidos donde a veces se llegaron a pagar precios negativos para que alguien se lo llevara. Era más caro tenerlo en inventario que deshacerse de él. ¿Para qué producirlo en México? Por otra parte, sí hubo un desarrollo importante de ductos. Sin embargo, muchos de ellos, al menos los más importantes, se vincularon con la importación de gas de Estados Unidos. En pocas palabras, nos abrimos, no para ser productores de gas, sino para ser importadores del mismo.

Tenía sentido económico siempre y cuando las condiciones geopolíticas, climáticas y de mercado se mantuvieran estables. Pero éstas cambiaron radicalmente desde 2013. La invasión de Rusia a Ucrania, las tensiones derivadas de nuestra política energética y que el gas natural domine incluso como “energético de transición” lo cotizan por arriba de un beso de Luis Miguel. En un mundo donde el clima es tan extremoso como la política, es hora de guarecernos en decisiones que nos protejan sin aislarnos.

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