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De la insoportable pesadez de Pemex

Por Miriam Grunstein
In Memoriam, Pantagruella (Pantufla) Grunstein

A lo largo de muchos años bien vividos, una novela inolvidable, si bien no propiamente mi favorita, ha sido La Insoportable Levedad del Ser, de Milan Kundera. Este autor sugiere un mensaje bellísimo: aquello que nos pesa más, y lo que por la fuerza de gravedad nos acerca más a la tierra, es aquello que da sentido a nuestras vidas. Pemex, por muchas décadas, le daba sentido a México. Hoy le pesa.

Esta empresa, según quien le ha entregado horas incalculables a su estudio y entendimiento (ya sea como consultora, académica o cronista) hoy es terriblemente pesada, en todo el sentido de la palabra, por lo que contiene y lo que implica. Así de fácil: la vida moderna de los mexicanos dichosos en tenerla depende de las decisiones que sobre Pemex tomen gobiernos, empresas, entidades financieras, agencias internacionales, unos que otros magnates, y hasta la delincuencia organizada cuando interviene en sus actividades. Y, nosotros, que sólo queremos bienes y servicios de calidad, estamos enredados entre los tentáculos de un monstruo poderoso, volátil y torpe.

No hay empresa petrolera en el mundo que sea light. Pero Pemex ya sufre de obesidad mórbida. Ya no es posible leer las noticias sin que nos aplasten. Hace días, que iba por la carretera esquivando bache tras bache, Javier Alatorre me ametralló con la narrativa negra del “huachicol” y las detenciones de 32 acusados a quienes “sorprendieron” con las manos mucilaginosas en CDMX, Edomex, Querétaro e Hidalgo.

En el operativo aseguraron todo tipo de cosas –enormes, grandes, medianas y chicas. Esto es, desde decenas de miles de millones de pesos, propiedades de todas índoles, hasta loros, un cachorro de león, dos monos araña, trece caballos, cuarenta cerdos, cinco ponis, cuatro perros, y un jaguar.

Ahora resulta que, además de secretario de Seguridad Pública, García Harfuch también es fraterno rescatista de animales. Todo eso –y más—acaudaló la banda que ha robado volúmenes incalculables de combustible a Petróleos Mexicanos. ¿A sabiendas de quién? Pues al parecer de todos y de nadie. Pero se investigará a los implicados de los tres niveles de gobierno.

Ésa fue la primicia de la semana. Además, y debajo de todo esto, yace la declinación en la producción, la cual, según mis amigos expertos barrilleros, será menor a un millón de barriles diarios para el fin de sexenio. Es decir, podría ser deficitaria para cubrir el consumo nacional. De ser así, tal vez habría de ser necesario importar crudo para la refinería Olmeca. Qué ironía que el haber gastado números astronómicos del erario en la construcción de un elefante blanco haya sido un costo de oportunidad para invertir en lo que Pemex es más competente: la exploración y la producción.

Ya ni se hable de la deuda a los proveedores de Pemex. Las cifras reportadas, de alrededor de 506 mil millones de pesos, podrían ser mayores ya que la ahora llamada empresa pública del estado no registra todo lo que debe.

Durante mis tiempos en los despachos más fífís del país, pude ver desde la primera fila que nuestra empresa recibía servicios sin que mediara un contrato, o que los contratos se “renegociaban” al margen de la ley, y que luego Pemex se negaba a pagar porque no había papelito que hablara.

Tanto me consta por haber sido parte del equipo de peritos de un arbitraje internacional a petición de una empresa que prestó servicios a cambio de sumas obscenas (particularmente en un país de pobres) que Pemex dio su palabra de que pagaría y luego se negó a entregar porque sus obligaciones se regían por reglas de estricto derecho administrativo.

Como diría Ricardo Anaya, no sé qué me daba más coraje, si la audacia de mi cliente de que sería pagado “porque sí” sin documentar la obligación, o el cinismo de Pemex de suponer que recibiría algo sin pagar.

A esto se suma la ininteligible “solidaridad” de Carso con Pemex. Y ahora el empresario emperador de la primera exhorta a la iniciativa privada a salvar a la segunda. Cómo decía mi primer jefe de la hoy extinta CRE. ¿A título de qué?

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