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Mujeres en la transición energética: diseñar el futuro con carácter

La transición energética no necesita cuotas, necesita liderazgo estratégico; demanda liderazgo con visión, rigor técnico y carácter. Desde su experiencia en el sector energético, Marcela Gastélum reflexiona sobre el papel estratégico de las mujeres en el diseño del futuro energético, no desde la narrativa de la resistencia, sino desde la competencia, la preparación y la generación de valor


Por Marcela G.

La transición energética suele describirse con cifras, metas de reducción de emisiones y nuevas tecnologías. Hablamos de electrificación, digitalización, descarbonización, seguridad energética. Sin embargo, pocas veces hablamos del elemento más determinante para que todo eso funcione: el liderazgo.

Después de ya veinte años en el sector energético -principalmente en gas natural, GNL y desarrollo de proyectos estratégicos– he aprendido que la energía no solo se transporta en ductos o se genera en plantas; se construye en decisiones, en negociaciones complejas, en conversaciones regulatorias, en análisis financiero y en la capacidad de anticipar riesgos y ejecutar con disciplina.

Cuando inicié mi carrera en el sector -el cuál era totalmente nuevo para mí-, era frecuente entrar a una sala de juntas donde yo era la única mujer. No lo viví como una desventaja, sino como una responsabilidad. Si estaba ahí, tenía que aportar con profundidad técnica, con datos sólidos y con una visión integral del negocio. Muy pronto entendí algo clave: en un sector altamente regulado y técnico, el respeto no se exige, se gana con preparación. Esa mentalidad marcó mi trayectoria.

He tenido la oportunidad de liderar desarrollo de negocios, negociar contratos estratégicos, construir puentes entre sector privado y gobierno, y posicionar proyectos de gas natural como parte fundamental de una transición energética realista. En cada etapa confirmé que la energía es un ecosistema donde lo técnico, lo comercial y lo institucional están permanentemente conectados.

La transición energética no necesita discursos aspiracionales desconectados de la realidad. Necesita pragmatismo, estructura financiera sólida, claridad regulatoria y liderazgo con carácter. Y en ese entorno, las mujeres no somos una narrativa paralela; somos parte activa del diseño de soluciones.

El liderazgo femenino en energía no se trata de ocupar un asiento en la mesa. Se trata de elevar la conversación, de entender los estados financieros de un proyecto, los riesgos contractuales, el impacto geopolítico, la regulación aplicable y el retorno de inversión. Se trata de sentarse frente a inversionistas o autoridades y hablar el mismo lenguaje técnico, pero con una visión estratégica más amplia.

A lo largo de mi carrera he atravesado transiciones profesionales importantes. He cambiado de rol, he vivido cambios en leyes y regulaciones, he asumido nuevas responsabilidades, he construido equipos desde cero y he enfrentado decisiones complejas. Cada movimiento implicó salir de la zona cómoda. Cada avance exigió aprender más… y sigo aprendiendo.

Porque el liderazgo no es un título; es una práctica constante. Implica estudiar mercados, entender tendencias nacionales e internacionales, analizar marcos regulatorios cambiantes y escuchar perspectivas distintas. Implica también reconocer que el sector energético evoluciona con rapidez y que quien deja de actualizarse, pierde relevancia.

La transición energética es uno de los mayores retos de nuestra generación. Requiere garantizar seguridad energética mientras reducimos emisiones. Requiere inversión en infraestructura, colaboración entre iniciativa privada y gobierno, innovación tecnológica y estabilidad regulatoria, pero también requiere líderes capaces de integrar variables múltiples sin simplificar la complejidad. Ahí es donde veo una enorme oportunidad para más mujeres. No desde la narrativa de la desigualdad -que históricamente existió-, sino desde la narrativa de la competencia y la contribución.

Hoy la pregunta no es si podemos participar; la pregunta es cómo elevamos el estándar del sector.

He visto cómo más mujeres se incorporan a áreas técnicas, a desarrollo de negocios, a financiamiento de proyectos, a foros internacionales. El verdadero cambio no ocurre cuando aumentan las estadísticas de participación, sino cuando empezamos a influir en decisiones estratégicas. La energía mueve economías, pero el liderazgo mueve la energía.

Si algo me ha enseñado este sector apasionante es que la fortaleza no nace de la confrontación, sino de la preparación. Las mujeres que hoy están avanzando en energía no lo hacen por discurso, sino por resultados: lo hacen por contratos cerrados, por proyectos estructurados, por equipos bien dirigidos, por relaciones institucionales sólidas, y también por la capacidad de evolucionar.

A las mujeres jóvenes que están considerando una carrera en energía les diría: este sector es exigente, sí. Es técnico, regulado y altamente competitivo, pero también es estratégico, transformador y de impacto profundo en el desarrollo económico de un país. Entren con ambición profesional, con disciplina intelectual y con visión de largo plazo. No entren buscando validación, entren buscando construir.

La transición energética nos está obligando a rediseñar modelos de negocio, cadenas de suministro y esquemas de financiamiento. Estamos construyendo el futuro en tiempo real y eso implica asumir liderazgo con responsabilidad, ética y competencia técnica.

En mi caso, miro hacia adelante con la misma convicción con la que inicié hace 20 años: todavía hay mucho por aprender; nuevas tecnologías, nuevos mercados, nuevas formas de colaboración. El crecimiento no termina cuando alcanzamos una posición; comienza cuando entendemos el impacto que podemos generar desde ella. Las mujeres en el sector energético no estamos pidiendo espacio, estamos generando valor.

Y en esta transición -que es tecnológica, económica, social y cultural– nuestra fortaleza no radica en haber resistido, sino en haber construido. Porque el futuro energético no solo será más limpio o más digital, será más estratégico.

Y en ese futuro, el liderazgo femenino no es una excepción: es una ventaja competitiva.

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