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Del cierre de Hormuz a una crisis sistémica. ¿Cómo migró el cuello de botella energético en 2026?

Juan Arellanes Arellanes. Profesor de Geopolítica y Desafíos Globales en la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México. Su área de especialidad académica es la seguridad energética y la geopolítica del petróleo.

La crisis energética iniciada el 28 de febrero de 2026 parecía, al principio, un problema grave pero simple: una guerra más en el Golfo Pérsico amenazaba el paso de petróleo por el estrecho de Hormuz. En pocas semanas quedó claro que el verdadero riesgo era más profundo. Hormuz no es sólo una ruta vulnerable, sino el punto de entrada a una cadena de dependencias que conecta producción, almacenamiento, transporte, refinación, combustibles, inflación y seguridad alimentaria.

El shock fue inmediato: las exportaciones de crudo desde el Golfo cayeron de unos 25 millones de barriles diarios (mbd) en febrero a menos de 10 mbd en marzo, forzando fuertes recortes de producción. El Short-Term Energy Outlook de la Energy Information Administration registró una caída de la producción mundial de crudo desde unos 109 mbd en febrero a menos de 95 mbd en mayo. Arabia Saudita, Irán, Iraq y Kuwait perdieron conjuntamente cerca de 10 mbd. Entre marzo y mayo, el consumo superó a la producción en 4.5 mbd.

La brecha se cubrió mediante retiros de inventarios y liberación de reservas estratégicas. Los stocks, que habían acumulado existencias desde 2020, funcionaron como el primer gran amortiguador de la crisis. Cada barril retirado de stock sostenía el consumo presente a costa de reducir la capacidad para enfrentar un nuevo shock. La resiliencia estaba siendo consumida. La presión se desplazó entonces hacia otras partes de la cadena. Las refinerías del Golfo redujeron operaciones, las refinerías asiáticas enfrentaron restricciones de suministro y el diésel y otros destilados se encarecieron. Los daños a las instalaciones de gas natural licuado (LNG), en Qatar, mostraron que cada producto tiene vulnerabilidades y resiliencias distintas. El crudo puede cambiar de ruta con relativa flexibilidad. El LNG depende de plantas de licuefacción, terminales y buques especializados mucho más difíciles de sustituir.

Entre mayo y junio, el sistema dejó de depender exclusivamente de los inventarios y empezó a reorganizar geográficamente los flujos. Para evadir el estrecho de Hormuz, Arabia Saudita intensificó el uso del corredor hacia Yanbu, en el Mar Rojo, y Emiratos Árabes Unidos aprovechó Fujairah, en el Golfo de Omán. Proveedores del Atlántico enviaron más petróleo hacia Asia y las transferencias entre buques adquirieron mayor importancia. Estados Unidos alcanzó niveles extraordinarios de exportación de crudo y productos.

Esta capacidad de adaptación fue notable, pero creó nuevas dependencias. Un oleoducto alternativo puede transportar millones de barriles, pero necesita terminales operativas, buques disponibles, seguros, almacenamiento y rutas marítimas seguras. Quedó claro que capacidad instalada no equivale automáticamente a capacidad efectiva.

La adaptación también ocurrió por el lado de la demanda. China redujo con fuerza sus importaciones de crudo durante la fase más severa de la crisis. Aunque Beijing atribuye el ajuste a reservas, diversificación y una gestión deliberada de las compras externas, también influyeron los altos precios, la menor actividad y las restricciones de oferta. No obstante, China demostró que la resiliencia energética depende no sólo de sustituir la oferta perdida sino también de que los grandes consumidores puedan reducir temporalmente sus importaciones sin generar una disrupción interna equivalente. El ajuste chino ayudó a aliviar la competencia internacional por barriles escasos.

Hacia finales de junio y principios de julio, Hormuz comenzó a recuperar tráfico. La producción mundial volvió a superar los 100 mbd durante el verano. Sin embargo, la recuperación no fue uniforme. Los inventarios seguían erosionados y había más tensión en el mercado de refinados que en el mercado de crudo.

Durante julio y agosto, el riesgo se extendió hacia Bab el-Mandeb, el Mar Rojo y el Mar Negro. Reducir la dependencia de Hormuz podía aumentar la exposición a otros corredores vulnerables. En septiembre, el East–West Pipeline saudita, principal alternativa a Hormuz, fue atacado después de transportar alrededor de 4 mbd. Arabia Saudita tuvo que volver a utilizar más intensamente Hormuz y recurrir a transferencias entre petroleros frente a Omán. Aumentaron los fletes y la demanda de grandes buques. El oleoducto fue reparado y las exportaciones de crudo volvieron a crecer. En septiembre, la producción mundial alcanzó 102.3 mbd. Pero, aunque el flujo de crudo se había recuperado, los productos refinados no lo habían hecho. Y los inventarios seguían debilitados.

A mediados de octubre, la paradoja era clara: circulaba más petróleo, pero la resiliencia había disminuido. La Agencia Internacional de la Energía estimó que los inventarios globales observados estaban 509 millones de barriles por debajo de finales de febrero.

La crisis iniciada el 28 de febrero no ha seguido una trayectoria simple de colapso y recuperación. El cuello de botella ha migrado: de Hormuz a la exportabilidad, a los inventarios, a las rutas alternativas, a la logística, a la refinación y a los productos refinados, especialmente al diésel. La seguridad energética no depende sólo de cuánto petróleo se produce ni de que una ruta permanezca abierta. Depende de que la producción, el transporte, los inventarios, las refinerías, los buques, los seguros y la demanda puedan ajustarse simultáneamente. La recuperación real sólo comenzará cuando una mejora temporal no se realice a costa de reducir la resiliencia general.

¿Es eso posible?

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