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De la transición energética y la digitalización a la persistencia del poder del poder político del petróleo

El sistema energético mundial atraviesa una nueva transformación. Por una parte, el avance de la transición energética y, por otra, de acuerdo con datos de la Agencia Internacional de Energía (IEA siglas en español), los avances de la inteligencia artificial (IA) y la digitalización de procesos productivos han generado cambios estructurales en todos los sectores económicos.

Isabel Rodríguez Peña

Estos avances permiten mejorar la eficiencia, optimizar los procesos y, en términos energéticos, acelerar la transición energética mediante la mayor participación de vehículos eléctricos y una mayor eficiencia en el almacenamiento de energías renovables. No obstante, todos estos procesos y, en especial, la transición energética conviven con la persistencia estructural del petróleo. Su centralidad no se limita a la producción de energía o al sector del transporte, sino que se extiende a la industria pesada, que sigue utilizando petróleo debido a su densidad energética y versatilidad química, especialmente en la producción de acero, cemento, plásticos y productos petroquímicos (Yergin, 2020). Además, el petróleo como materia prima sigue siendo un insumo estratégico en la cadenas de valor, lo que impide su sustitución total incluso en economías altamente avanzadas.

Si bien el desarrollo tecnológico ha alimentado la expectativa de una transición energética global orientada hacia fuentes más limpias y sostenibles — en particular la solar y la eólica—, junto con la electrificación del transporte y la digitalización de las redes energéticas; lo que en suma debería reflejarse en una reducción progresiva de la dependencia de los combustibles fósiles. El reciente conflicto en el Medio Oriente muestra que, a pesar del avance de la transición energética y de sus narrativas, existe una realidad estructural: los hidrocarburos continúan dominando la matriz energética global.

Según la IEA para 2023, más del 80% de la energía primaria mundial sigue proviniendo de combustibles fósiles (petróleo, derivados del petróleo, gas y carbón). Sólo el petróleo representa aproximadamente el 30% del consumo energético global y sigue siendo la principal fuente de energía a nivel mundial. En los países de la OCDE, el petróleo representa una participación cercana al 30 % del consumo energético, mientras que en las economías emergentes su peso es aún mayor debido al crecimiento de la demanda.

Esta persistencia se explica en gran medida por su papel central en el sector transporte, donde alrededor del 90–95% de la energía consumida proviene de derivados del petróleo. A pesar del crecimiento de los vehículos eléctricos, estos representan aún una fracción pequeña del parque automotor global, aunque con tasas de crecimiento aceleradas. No obstante, uno de los elementos más relevantes del escenario contemporáneo es el aumento sostenido de la demanda energética impulsado por el propio avance tecnológico. Lejos de reducir el consumo energético global, la digitalización y la inteligencia artificial consumen grandes cantidades de electricidad.

Los centros de datos, que constituyen la infraestructura material de la economía digital, consumen actualmente entre el 1% y el 1,5% de la electricidad mundial, y las proyecciones estiman que podrían duplicarse para el 2030, en respuesta al crecimiento de la IA y los servicios de almacenamiento de información , de acuerdo con datos de la IEA. En general, el uso intensivo de la IA por parte de los hogares puede requerir cantidades masivas de energía Asimismo, la electrificación del transporte, el cual será central para reducir las emisiones, introduce nuevas presiones sobre los sistemas eléctricos.

Según la IEA, el número de vehículos eléctricos superó los 40 millones a nivel global, y su demanda eléctrica podría representar más del 10% del consumo total en algunos países hacia 2035. Este proceso implica un cambio estructural: la energía que antes se consumía en forma de combustibles líquidos se traslada a la red eléctrica, lo que incrementa la necesidad de generación, transmisión y distribución. A este desafío se suma el problema del almacenamiento de energía, considerado uno de los aspectos más críticos para la viabilidad de un sistema energético basado en energías renovables.

A diferencia de los combustibles fósiles, que pueden almacenarse fácilmente, la electricidad requiere soluciones tecnológicas específicas para su almacenamiento a gran escala. De acuerdo con datos de la IEA, actualmente las baterías de iones de litio dominan el mercado, con costos que han disminuido en más de un 80% desde 2010. No obstante, estas tecnologías presentan limitaciones en cuanto a la durabilidad, la disponibilidad de materias primas y la escalabilidad. Otras alternativas, como el hidrógeno verde o el almacenamiento hidroeléctrico mediante bombeo, ofrecen soluciones potenciales, pero aún enfrentan desafíos técnicos y económicos significativos.

Desde una perspectiva sistémica, el problema del almacenamiento no es solo tecnológico, sino también económico y político. Como plantea Yergin (2020), las transiciones energéticas requieren no solo innovación, sino también grandes inversiones, marcos regulatorios adecuados y estabilidad geopolítica. En este contexto, tanto la transición energética como la inteligencia artificial desempeñan un papel ambivalente.

Por un lado, permiten mejorar la eficiencia energética y facilitar la integración de energías renovables. Por otro lado, la expansión de la IA cada día más presente en la vida diaria. Sin embargo, ambas incrementan el consumo energético global, el cual a pesar de tener una estructura mucho más diversificada, también se encuentra inmerso en distintos conflictos. Estas tensiones se reflejan con especial claridad en el ámbito geopolítico, así lo han mostrado las crisis energéticas recientes, las cuales han evidenciado la vulnerabilidad de los Estados frente a interrupciones en el suministro.

En particular, las tensiones en Medio Oriente —por ejemplo, el reciente conflicto que involucra a Israel – Estados Unidos e Irán— que reafirman la centralidad estratégica del petróleo en la política internacional. Desde la perspectiva de la geopolítica de la energía, el control de los recursos energéticos sigue siendo un factor clave de poder, por ello, los Estados que dominan la producción y exportación de hidrocarburos pueden ejercer una influencia significativa en el sistema internacional. Como se ha sostenido, la energía no es un mercado común y corriente que se guía por las libres fuerzas entre la oferta y la demanda, por el contrario, es un espacio profundamente politizado.

Por lo anterior, se observa una paradoja estructural. Por un lado, el mundo avanza hacia una mayor sofisticación tecnológica y una potencial descarbonización de la economía. Por otro lado, la dependencia del petróleo y otros combustibles fósiles persiste, reforzada tanto por la estructura material de las economías como por las dinámicas geopolíticas.

Por lo anterior, reiteramos que la transición energética contemporánea debe entenderse como un proceso no lineal, caracterizado por la coexistencia de innovación tecnológica y persistencia estructural.

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