Entender que una solución fotovoltaica con almacenamiento cambia la vida de una comunidad es fácil. Verla funcionando a más de un año de su instalación y compartir con sus beneficiarios permite dimensionar de manera poderosa la importancia de contar con suministro firme en zonas aisladas, donde la electricidad se convierte en motor de crecimiento en sí misma.
Cecilia López tenía 11 años cuando llegó a vivir a Pueblo Viejo, una zona aislada perteneciente a San Dionisio del Mar, Oaxaca, y se encontró por primera vez con una casa donde la electricidad no estaba disponible con solo accionar un interruptor. En ese momento había paneles solares de baja capacidad y una batería con almacenamiento limitado que debía administrarse cuidadosamente para que el suministro alcanzara hasta la noche, cuando la isla quedaba completamente a oscuras. Hasta entonces, nunca se había preguntado demasiado de dónde provenía la energía.
“Yo no sabía que por el panel se daba la luz”, recuerda ahora, a sus 14 años. Fue su padre quien le explicó para qué servían los equipos instalados en su casa y que la electricidad que utilizaban dependía de la energía captada durante el día y la almacenada para las horas sin sol.

Llegar hasta Pueblo Viejo implica un recorrido por caminos de ripio y agua, con temperaturas promedio sobre los 30°C y los vientos más fuertes del Itsmo de Tehuantepec, que superan incluso los 100km/h en la temporada de invierno. Todas estas condiciones marcan la vida de sus habitantes y complican cualquier despliegue de infraestructura. Equipos, materiales, herramientas y personas deben trasladarse hasta el lugar considerando una logística muy distinta a la de una localidad conectada por carretera. Esa misma distancia ha marcado su acceso a la electricidad. Hace alrededor de 17 años en la comunidad contaron con suministro eléctrico y, posteriormente, dependieron de una solución solar cuya capacidad apenas alcanzaba para cubrir algunos consumos básicos.
Cecilia también tuvo que aprender que “la luz” tenía límites concretos. “Cuando se descargó nuestro panel, yo no sabía. Pensé que nada más se bajaba el switch, pero mi papá me dijo que se apagaba todo”, cuenta.
Por eso, la nueva solución instalada en Pueblo Viejo ha buscado ampliar esos márgenes. Con tecnología Huawei junto a Solarvatio, se incorporaron sistemas solares con almacenamiento de última generación para atender a más de un centenar de hogares de la comunidad y y ampliar tanto la disponibilidad del suministro como los usos posibles dentro de las viviendas.

Una solución diseñada para lugares aislados
La particularidad del proyecto comienza desde su logística. Rosario Reyes, gerenta de proyectos de Solarvatio, explica que la iniciativa fue licitada por la CFE mediante una convocatoria internacional y que ejecutar los trabajos obligó a adaptar prácticamente toda la planeación a las condiciones del lugar. “El acceso es en lancha. Entonces, el hecho de no traer algún tornillo ya implicaba un retraso muy grande en los trabajos”, recuerda. A eso se sumó la necesidad de que el personal permaneciera durante más de dos meses en la comunidad, enfrentando condiciones climáticas, de alimentación y una dinámica cotidiana distinta a la habitual para completar la instalación.
La ingeniería también tuvo que ajustarse a las condiciones definidas por la licitación. Solarvatio debía trabajar con un único panel por sistema y desarrollar un equipo capaz de entregar el voltaje requerido sin duplicar infraestructura. “Hubiera sido más fácil poner dos paneles, que cada uno te da 52 volts, pero implicaba mayores costos, tanto de traslados como de los equipos. Entonces fue más fácil para nosotros desarrollar un panel que pudiera operar con este sistema”, explicó Reyes.

Del lado del almacenamiento, la solución incorporó baterías de litio ferrofosfato de Huawei, una tecnología que permite una mayor profundidad de descarga frente a las convencionales de plomo-ácido. Ulises Alcázar, Product Manager de Digital Power México de la compañía, explicó que los equipos cuentan con protecciones IP65 e IP66 para operar expuestos a humedad, lluvia y polvo, una condición especialmente relevante en un entorno costero. “Esto permite instalarlo completamente a la intemperie”, señaló.
El funcionamiento parte de la energía captada por el panel fotovoltaico, que se transforma en corriente directa y alimenta tanto el consumo inmediato como la carga de las baterías. “Tenemos captación y tenemos generación que se va para cargar baterías”, describe Alcázar. Durante la noche, esa energía “se va de la batería al inversor y se transforma en corriente alterna para llegar a las cargas”.

Energía que abre nuevas posibilidades
Una de las ventajas del sistema es que puede ampliarse si cambian las necesidades de las viviendas. Ulises Alcázar explicó que “en el futuro, si hay necesidad de incrementar la capacidad del sistema en cada comunidad, podríamos simplemente agregar un módulo de batería extra sin necesidad de cambiar toda la solución”.
En Pueblo Viejo, la posibilidad de crecimiento que entregó la nueva configuración de paneles, inversor y almacenamiento ya empieza a traducirse en nuevos usos. En la isla ya se habla de refrigeradores, congeladores y otros electrodomésticos que antes estaban limitados por la disponibilidad energética, pero que hoy comienzan a formar parte de sus expectativas. En una comunidad donde la pesca es una de las principales actividades económicas, contar con mayor capacidad de refrigeración puede significar también conservar mejor los productos y ampliar su aprovechamiento.
“Dura más este que el que teníamos antes. Es mucho más práctico, tiene para conectar más cosas”, resume Cecilia sobre la solución, capaz de atender mayores consumos aunque dentro de los límites para los que fue dimensionada. “Puede que la batería se descargue más rápido o incluso, en algunas ocasiones, puede que la potencia no sea suficiente para abastecer esa nueva carga”, puntualizaron desde Huawei.

Esta ampliación de posibilidades también ha alcanzado la conectividad. Cecilia recuerda que, con el sistema anterior, el consumo disponible no era suficiente para mantener internet en casa de manera regular. Con la nueva solución, esa posibilidad comenzó a formar parte de su vida cotidiana. “Mi papá pudo tener internet porque ya nos alcanzaba más la luz”, relata. Para una adolescente que vive en una comunidad apartada de los principales centros urbanos, el cambio significó no solo una nueva forma de entretenimiento, sino también una ventana hacia contenidos y conocimientos a los que antes tenía un acceso mucho más limitado.
Un día, apareció en su pantalla el video de una bióloga marina. La joven comenzó a buscar otros contenidos sobre el océano y las especies que lo habitan. “Dije: ‘Qué chido’. Quería saber más y empecé a ver más de esos videos. Dije: ‘No, pues ya sé qué quiero hacer’”, cuenta ilusionada sobre su sueño de estudiar Biología Marina.
Más de un año después de su instalación, la experiencia de Pueblo Viejo permite observar cómo la electrificación domiciliaria puede ir más allá de la infraestructura. El acceso a un suministro más estable amplía las posibilidades de consumo dentro de las casas y también opciones de conectividad, conservación de alimentos, aprendizaje y desarrollo de nuevas actividades. En una comunidad aislada, la energía deja de ser solo un servicio básico para convertirse en una plataforma para ampliar lo que sus habitantes pueden hacer y a lo que pueden aspirar, convirtiéndose en un motor de desarrollo colectivo.







