Trasformación energética: ¿es posible?

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Hegemonía Energética

Por Salvador Barragán Heredia

En el futuro es probable que se recuerde al Congreso Mexicano y a los años 2013 y 2014, como una de las épocas de mayor producción legislativa de nuestra historia desde el Constituyente de 1917, pero también será recordado por establecer una nueva visión sobre el futuro de nuestro País. Con todo ello, es justo aplaudir la responsabilidad que se ha demostrado por parte de los actores políticos para sacar adelante temas legislativos que habían quedado rezagados por décadas enteras. Con esa actitud positiva, México ha podido distinguirse en la era moderna como un País que evoluciona por el camino del progreso con el afán obsesivo de transformar la calidad de vida de millones de mexicanos que se encuentran atrapados en las filas de la pobreza.

 

Hay que recordar que en los últimos años, el mundo observó a México como un País que centraba todos sus esfuerzos y políticas públicas en una lucha de Estado contra el narcotráfico. La percepción internacional frente a esta lucha derribó la inversión extranjera directa, obstruyó la creación de nuevas fuentes de empleo y generó un crecimiento económico insignificante. Con todo ello, más de 12 millones de mexicanos se internaron a la pobreza, con lo cual México es hoy un País de pobres y de una enorme desigualdad social.

Por ello, la pobreza es el principal motivo del Gobierno de la República para impulsar las reformas estructurales. De ahí se entiende, la urgencia del Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, por transformar a México en una Nación altamente competitiva y productiva, que sea capaz de generar la prosperidad y riqueza que demandan a gritos millones de mexicanos.

La tarea no es cosa fácil, representa un verdadero desafío de enormes magnitudes, ya que la transformación nacional depende no solamente de ordenamientos jurídicos eficaces; sino también, se requiere establecer un cambio cultural, que involucra a todos, principalmente, para realizar acciones positivas orientadas a mejorar la situación como País; además, para que México sea altamente competitivo es indispensable que la enseñanza en todos los niveles sea brindada con calidad probada. En definitiva, las reformas estructurales lograrán su objetivo si contamos con un cambio de actitud y calidad en la educación.

La formula descrita no es nueva, ya tuvo éxito en Brasil, cuando en 1995 la Nación carioca captó la atención del mundo entero, cuando le arrebató a México su liderazgo regional en América Latina y se posicionó como una economía emergente capaz de detonar la competitividad a rangos propios de las principales potencias económicas. Hay que decir, que el éxito brasileño inició a partir de que el gobierno reconoció que el modelo económico que había empleado durante las últimas décadas era equivocado, lo cual le había generado pobreza y desigualdad social. Por ello, emprendió el camino de las reformas estructurales, con el objeto de generar riqueza nacional y reducir los niveles de pobreza. 

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe se pronuncia en el mismo sentido y explica el progreso brasileño: “se aceleró el crecimiento económico, mejoraron las condiciones de vida de vastos grupos de la población, se redujo significativamente el porcentaje de población en situación de pobreza, las cuentas fiscales mostraban, hasta mediados de 1995, superávit primario y déficits operativos reducidos. La situación de balanza de pagos fue sólida, aumentaron las reservas, sobre todo, se había controlado una de las inflaciones más altas del mundo sin pasar por un período recesivo.” (Sáenz, P: La economía brasileña ante el Plan Real y su crisis). Los beneficios descritos anteriormente, se lograron principalmente con la aprobación de la Novena Enmienda Constitucional promulgada en 1995 en materia de energía, que entre los aspectos más relevantes, estableció la total apertura del sector energético en actividades antes reservadas al Estado e inherentes a los hidrocarburos, con lo cual se posibilitó la celebración de los contratos de riesgo, alianzas y licencias de concesión en exploración y producción de petróleo y gas. 

De esa forma la política energética aumentó considerablemente su producción de petróleo, que pasó de producir 100 mil barriles diarios de crudo en 1990 a alcanzar el volumen de 2.4 millones de barriles diarios (MMBD) en 2013 y con expectativas reales de lograr para finales de esta década una producción superior a los 3.5 MMBD. Pero más allá del logro petrolero, Brasil logró incrementar su competitividad internacional y hoy es admirado en el mundo por su influencia en las grandes ligas del comercio mundial. La economía brasileña, que ha tenido como eje transformador el sistema energético, se ha consolidado como una de las principales potencias, que ha sido capaz de sacar adelante a más de 40 millones de brasileños de las filas de la pobreza.

Otras naciones, coincidentemente, lograron prosperidad a partir de modificaciones sustanciales a sus sistemas económicos mediante las reformas estructurales. Destacan Noruega, Colombia, Rusia, China, Irán e India, países que han modernizado sus ordenamientos jurídicos en materia energética e incluso han transitado de economías estrechamente cerradas al comercio internacional a distinguirse como actores importantes en la escena energética mundial. Se trata de un círculo de países que planifican a largo plazo sus operaciones energéticas con clara visión de negocio y más aún consideran las expectativas que involucrará a la matriz energética del futuro, donde el petróleo seguirá siendo la fuente energética más importante de la era, pero también sin duda implicará costos mayores en su explotación que obedecen principalmente a la escases y a la dificultad que implicará su extracción.

En todo lo anterior, se requieren de instrumentos más adecuados para hacer frente al negocio del petróleo; es decir, se trata de lograr mejores resultados con los mismos recursos económicos que se cuentan. En este nuevo modelo energético, el tema no es invertir o  producir más, sino de aprovechar mejor los recursos que se tienen y crear valor económico a partir de ventajas competitivas, lo que significará potencializar la captación de ingresos del Estado y con ello mejorar la calidad de vida de los mexicanos.

En ese tenor, es viable, necesaria y conveniente la reforma energética propuesta por el Titular del Ejecutivo Federal, ya que se requiere un nuevo ordenamiento energético que permita generar el suficiente crecimiento económico, al tiempo que fortalezca la actividad petrolera mediante la Empresa Productiva del Estado, que sea capaz de garantizar la seguridad energética y constituya un factor determinante para sacar adelante a millones de mexicanos que se encuentran en la pobreza. 

(*) El autor es Doctor en Derecho. Coordinador General del Capítulo de Derecho Energético en la Asociación Nacional de Doctores en Derecho y profesor investigador del Análisis Económico del Derecho Energético.